Entre más pensaba de qué escribiría, la hoja cada vez incrementaba su blancura. El espacio se agrandaba cuando mi mente mostraba terquedad de lo opuesto. Me propuse en escribir una novela cuando mis ideas habían decidido volar a otro lado; personajes, conflictos, temas, nada surgía; pensé que debí tomar el consejo borgeano en cuanto a la negación de escritura novelesca, pero seguí. ¿Realismo o fantástico? ¿Narración en primera o segunda persona? ¿Qué difícil ¿Y qué de la tercera? Ni siquiera me llegaba un maldito título…y predicaba que sería lo más fácil de hacer. Qué inexperto. La ansiedad y la desesperación de no generar nada hicieron que dejase por un momento a mi idea en lo que era, inverosímil; dejaba algo que aún ni existía. Pasaron cinco meses y decidí trabajar en un café en el Sur de Palermo llamado Il Caffeinato, allí se tocaba mi música favorita: los Blues y el Jazz, se leía poesía, cierta prosa y se exhibía arte. Mucha gente literaria vi pasar por el café y yo discretamente escuchaba sus pláticas. Le pedía a Dios, al azar, o al universo que no me convirtiese en olvidadizo, así, poder recordar aquellos puntos creativos de los cuales debatían (Pensándolo bien… ¿qué es olvidar?) Con el transcurso de los días mi habitación se inundaría de papeles cuyos renglones sólo se llenaban de elementos y notas literarias de lo que aquellos literatos discutían. Hubo demasiadas pláticas en todas esas páginas blancas que, de hecho, parecían los guiones de sus conversaciones escritos por mí. Recuerdo un día de relámpagos que uno de ellos citó a un tal Joyce y que su obra más conocida tenía similitudes con la de La odisea. Una ausencia de conocimiento atroz se presenció al estar oyéndolos y me llevó a cuestionarle todo - no en aspectos críticos, ¿qué iba a argumentar alguien como yo? - sino en general. No sabía ni de quién ni de qué hablaba, pero estaba muy interesado en saber. Durante la plática con sus literatos mi turno ya aproximaba su fin; faltaba un cuarto de hora para tener libertad; lo usé para construirme - mentalmente - preguntas sobre el tema de “Joyce” que escuché. Muchos cómos, porqués y quiénes fisgoneaban mis pensamientos en ese cuarto de hora restante; pero en esos quince minutos sentí un infinitismo inesperado; el cuarto de hora suele ser rápido y fugaz; este cuarto de hora daba la sensación de que con cada minuto transcurrido, otro cuarto de hora se añadía al tiempo de mi mente, pudiese ser que para algunos el infinito es sólo un cuarto de hora. Con ello, pude generarme unas diez preguntas más que deseables. Al acabar mi turno de trabajo, noté que sus colegas habían desaparecido, él seguía sumando cafeína. Acercándome tímidamente le dejé saber que su plática sobre ese llamado Joyce sonaba interesante, aunque fuese de oídas parciales, a lo que me respondió:
              — Por favor, tomá asiento. 
              Con la mirada fija, como si los próximos minutos llenos de literariedad que compartiríamos iban a ser de lo más académico para mí; o pudo ser que tenía la mirada de un asesino, no de vida sino de la esencia, de la ideología. Tras un silencio, paralelando sólo en sonido, pidió dos cafés: uno negro y descafeinado y el otro cargado con azúcar y crema. Pasivo y compuesto, pero a la vez urgido, me empezaba a hacer preguntas… ¿Qué sabía sobre literatura? ¿Cuáles escritores eran de mi agrado? ¿Qué libro me ha dejado una huella? ¿Si sabía la razón detrás de la literatura misma? Y otras seis preguntas más que fallo en memorizar. Para un inexperto como yo, era imposible responder y creo que él también lo sabía por no dejar ni unos treinta segundos para decir alguna frase para contestarle. Me contó que era James…James Joyce del quien hablaba al igual que de su obra maestra Ulises. Después llegó a contarme lo que discutía con sus “colegas insensatos” - como él les llamaba: cómo es que son los paralelismos de los personajes y sus características en Ulises a la de La odisea. Recuerdo que me dijo algo semejante al concepto del padre e hijo y la ambigüedad que hay – o puede haber – sobre si de dónde venís pudiese sugerir lo que sos. Después de más literariedades sobre Ulises, yo le revelé que había querido escribir una novela y le conté de mis dilemas en idear temas, conflictos, características y personajes. Él, con un tono imperativo, indicó:
              — Pará. Vos no escribás - por lo menos ahorita - ni pensés en ideas para tu                       novela ni su historia ni nada. Sos joven y te falta laburar, no aquí                                     sirviendo cafés, me refiero a laburar en las complejidades de la vida;                               aconsejo que vivás y aprendás, sólo así podés escribir. A la literatura le                         veo que siempre ha tenido algo por detrás de sí; lo interpreto como si el                       escritor le dijese a la vida, “Dejá de estar rompiendo las pelotas”, si no                             pregúntale a Kafka. Chavo, dejá que la vida te enseña, y mirarás.
              Tenía que vivir, para que la vida tuviese oportunidad en darme lecciones, experiencias y sube-y-bajas. Me aconsejó que la vida me daría ideas y temas de qué tocar cuando llegase el momento. Después de hablar un poco sobre cómo llegué a trabajar en este café, mi vida y mis intereses – que descifró en instantes – me ofreció una similitud:
              — Hoy ha sido sumamente lento, ¿no creés?; desde el amanecer hasta este                       momento. Sabés, he tardado tanto tiempo - leyendo día tras día – en                             acabar de leer lo que sería la misma cantidad de tiempo que hoy. Ulises,                       con casi setecientas páginas, solamente es un día en la vida de los                                 personajes de la obra. Un día…como hoy.
              Faltaban cinco minutos para cerrar el café, lo cual lo llevó a levantarse, tomar su valija y dirigirse hacia la entrada para salir. Se detuvo y volteó:
              — No pensés chavo, viví…y verás que tu novela, cíclicamente, se escribirá                         sola.
              Asombrado por mis “lecciones” sobre la literatura, llegué a pensar que él quizá podría ser el personaje del cual he tenido tanta necesidad; un desconocido, con quien compartí una taza, y el cual me abriría los ojos de cómo ver a la escritura. Al estar acomodando todo para cerrar el café, vi que sobre la silla en la cual estuvo aquél sin-nombre había un texto; con más cercanía lo vi, era Ulises. Tal vez se le olvidó, quizá me la regaló, o a lo mejor fue un aforismo, jamás lo sabré. Después de esa noche acompañada de los Blues, nunca volví a ver a ese misterioso literato. Aunque por siempre quedará en un anonimato, sentí que quedándome el Ulises un enlace había ocurrido; un enlace cuya génesis no supe si fue por mi parte o por su lado.
              Ya había acontecido más de un año desde que me nació la idea de escribir una novela y como se me aconsejó, viví y sí, en efecto, se me dieron muchas lecciones, de la cuales sólo te puede otorgar la vida. Una noche, el 13 de marzo por cierto, ocurrió lo que tardó la mayor parte de un año: Nombre, apellido, caracterización, temas, tira narrativa y trama se le otorgó a mi protagonista novelesco. Tanto como su creador, mi personaje, Hipólito Lautaro Bérmoc, era amante de la escritura creativa, sin embargo, él escribía en un ámbito opuesto al mío; él si razonó a tiempo y tomo la vía de la escritura borgeana, yo era desafortunadamente un prisionero - no de lo novelesco - pero del concepto de lo novelesco. Mi personaje escribía mucho, hojas y hojas de relatos de todo tipo; intentó de todo y nunca le publicaban. Pero algo, una especie de entidad fantasmagórica - que siempre le persistía cuando él intentaba escribir pero que subyugaba – se manifestó, ya, por la fuerza. Esta sensación inexplicable lo consumió tanto que era inevitable ignorarla y durante una noche silenciosa - que escribía - la utilizó como fuente. Quizá el rechazo hacia ello era la razón por la cual siempre le negaban sus cuentos. Cuando dejó fluir esa sensación extraña, y terrorífica a la vez, pudo llamar la atención de la casa editorial de alto prestigio conocida como Hispanismos. Al fin consiguió su meta. Con la sensación extraña más que reconocida y asumida, Hipólito Lautaro Bérmoc produjo su mejor cuento: “El cordobés y su regalo”.
              Bueno – y con permiso de mi creador – mi cuento trata de una persona quien domina el voseo, es sabio y reside en Córdoba, y como meta de vida, tenía el afán de averiguar de dónde viene. Él siempre ha tenido cierta ambigüedad de su origen; su apellido también era sumamente diferente al de todos de la región; por mucho tiempo nunca pudo formar amistades, careciendo de cercanías. Un solitario. A mediados de la primavera - en abril o en mayo - un cartero le entregó una caja indicando en cursiva:
              — Perdoná que no te lo haya mandado antes, pero esto es tuyo, siempre lo                       fue y lo será. Pero hacé lo que te indique.
              El paquete carecía de una firma y el cordobés se llenó de muchas preguntas. Cuando abrió el empaque pudo ver lo que le traería paz. Duró un par de meses con el regalo y aprendió muchísimas cosas; se dedicó a la comprensión total de su nuevo regalo anónimo. Lo que no tenía previsto el cordobés fue que el regalo tenía escondido otro mensaje; éste fue en forma de carta:
…Para acabar, sé que últimamente has estado preguntándote
muchas cosas. Este regalo que te he otorgado, te servirá
para descubrir lo que buscás. Aunque el regalo
- ahorita - es tuyo…tu origen, que tantas ganas
 tenés de conocer, te lo quitará. No preguntés cómo
ni de dónde sé lo que te digo, que también lo he
preguntado, sólo seguí mis instrucciones si querés averiguar
tu origen. No te encariñés con el regalo, por si obtenés
 lo que anhelás, razonarás que siempre no era para vos.
- Anónimo                                     
El señor decidió seguir las instrucciones en la carta del regalo e hizo todo lo posible por lograr su meta de conocer su origen tan anhelado.
              Este cuento hecho por mí, Hipólito Lautaro Bérmoc, acabó por dándole lugar a un destino siciliano. Allí en Sicilia, cede de una ficticia, fue dónde por muchos sube-y-bajas el cordobés llegaría a su origen. El cordobés decidió explorar la región y tras caminar, un lugar - de manera peculiar - le llamó, tanto que no hubo más remedio que entrar; sentía algo, digamos enlazador. Allí, sin comprender por qué…sintió una especie pertenencia a ese lugar, confirmándole algo. Después de haber ido varias noches seguidas y hacer plática con algunos, al fin, había pedido café. Sintió que un fin se acercaba; quizá ese fin estaba a un cuarto de hora. Tras tomar su penúltima taza, un mesero se le aproximó. En ese momento el cordobés dedujo el mensaje de la carta. El momento había llegado, el momento donde su regalo, Ulises, cambiaría de dueño.
Jesús A. Amaya es un estudiante de pos-grado en UTRGV cursando una Maestría en Literatura latinoamericana. Gusta de rock, el cine, letras hispanas y filosofía. Su favoritismo literario es la literatura fantástica.
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