Yo nunca quise ser su esclavo, aunque tras dominarme de menos a más no tuve opción; me he fatigado, creo que demasiado. Todo el tiempo que se ha invertido en mi narrativa, en mi prosa - poética o no - aún queda por decidirse si ha valido la pena. Cuando decidí afrontar la faena, que creo, y siempre lo creeré, ser la más bella y reveladora, mi mente se abrió a los vastos campos imaginarios. Mis maestros latinoamericanos: Borges, Bioy Casares, Cortázar, Rulfo y Márquez me regalaron uno mundos expandiendo infinitamente. Vi lo que empecé a llamar ‘la estética del vocablo’, que explotó mi destreza creativa. Había un mar de posibilidades en mi mente, noté que podía crear, sólo faltaba añadir el bolígrafo. Todos mis pensamientos, ahora, estaban a la merced de las letras en los cuentos; los pensamientos que uno tiene tras dar el paso para dormir en la noche constituían sólo de qué podría escribir, de qué podría contar, y peor aún…..cómo iba a ponerlo en manuscrito. Esas semanas iniciales de mi vida llena de ficticia literaria - creo que eran mediados del año 2016 - afectaron exageradamente mi sueño y descanso. Mis familiares y gente cercana se preocupaban demasiado por mí. Las noches, precisamente al rededor de la una de la mañana, pasaba por un boom mental; ideas y temas para escribir mi ficción eran prácticamente innumerables; qué suerte la mía de tener libretas a mano en todo momento. Aunque generaba una gran cantidad y variedad de ideas, sabía que la mayoría de ellas eran absurdas e ilógicas, pero la lluvia de ideas estaba ahí; para mí, durante esa etapa literaria por la cual atravesaba, era lo más importante. Recuerdo que en ocasiones tenía sensaciones, especialmente durante muchas noches desafortunadas, de irrealidad y surrealismo. Me cuestionaba a mí mismo y lo que había sucedido durante el día si en realidad había ocurrido. La duda de mi existencia, de las personas en mi vida y de todo lo que me rodeaba era ferozmente enaltecida. Puedo recordar también que me persistían demasiado paisajes desérticos; sentía su calidez, la infinitud de la arena, y su soledad estrecha. Hasta ahora no he hallado el porqué de esas imágenes pero siempre han persistido en enaltecerme alguna demencia. Las letras empezaban a cobrar su factura en mí, en mi obsesión a escribir cuentos como mis maestros. Mi mente perdía la noción de qué era verosímil sin embargo tras estar lleno de incertidumbres metafísicas, yo, especialmente mi espíritu, era manipulado y quedaba flotando en lo gris de la certeza en la cual vivimos cotidianamente. En las noches consumidas de vigilias y peculiaridades que jugaban con mi verdad, tres palabras siempre tenía que susurrarme para asegurar cierta creencia a mi realidad. Estas palabras me llegaban a la mente de algún lado cuya cede no supe y algo me hacía recitarlas: “Falacia”, “Fantasmagoría” y “Realidad”; las repetía constantemente al estar en mi cama dudando. Esto le daba sentido, o por lo menos una ligera credibilidad, a lo que había vivido, sentido, dicho y hecho durante el transcurso del día; lo aceptaba, tal vez erróneamente, pero lo aceptaba. Quizá todo era un delirio de mi obsesión literaria o tal vez alguien jugaba con mi esencia haciéndome vivir los días y me mataba, sólo para que me reviviese todas las noches. Quizá mis peculiaridades irreales que sufría eran memorias que ése algo o alguien me daba para no sospechar de las manipulaciones que se hacían conmigo. Con el tiempo dejé de estar debatiendo si mi prosa había valido la pena o no, ya lo sé. Lo de los delirios de metafísica irreal, eso, dejó de importarme. Me desencadené.
Jesus A. Amaya is a UTRGV Graduate Student working on a Masters in Latin American Literature. He enjoys creative writing in Spanish, especially in short story fiction. His inspirations are Latin American writers of the 20 Century, as wells as films and music.
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