¿Nunca has escuchado la leyenda? Se cuenta que en la estación de trenes ubicada en la provincia de… - qué coño, no recuerdo el nombre - vaga la presencia de un fántom, al quien la gente le ha relacionado con la desaparición de un joven cuyo apellido era por lo que se le conocía; algo Lugano. Por otra parte, lo que para mí es interesante es de que la gente ha generado - erróneamente o no - la particularidad en la que se sabe (o se sospecha) que el fántom está en tu presencia; por ahí se ha revelado que una armónica ofreciendo su mejor versión de los blues es la indicación indiscutible de que él está. No se sabe con exactitud de que ese fántom es la representación de ése tal Lugano, como imagino que alegaría Blavatsky o quizá Lugones. Pero sí me cuadra que hay una historia que cuenta la fascinación del joven Lugano por la música negra que aparentemente bordaba los trenes de esa provincia. No sé si sea verdad o no, pero hay alguna fuerza extraña en juego que da inquietud a la gente. Por andar en esa provincia - ya de leyenda - se me ha construido prácticamente una estructura cronológica de cómo se llevaron a cabo los acontecimientos de esa desaparición. 

            Por lo que he escuchado y se me ha contado en persona o por escrito, es lo siguiente:

            Era durante los años tardíos de la década de los setentas. Un joven subía cada fin de semana al tren número 36 de la estación establecida al Sur de la provincia. Ese joven era de un físico delgado, con facciones morochas, no demasiado alto, tímido y reservado como si automáticamente la gente le iba a contradecir cualquier cosa que dijese. Quizá la idea de tocar música le empezó a gustar por eso; que el sonido negro hable y cesen las palabras blancas baratas. Tenía en aquel entonces quince años y un día que caminaba de su colegio para su casa, decidió tomar la calle donde se situaba una tienda de música que se conocía - y se le conoce todavía - por tener parlantes en sus afueras; dejando que la gente pasajera escuche la música. Al joven le agradaba mucho ver los instrumentos y uno en particular - de hecho el más pequeño - le llamaba mucha la atención. Mientras veía la vidriera, la música se detuvo y alguien - quien nunca se ha sabido - cambió el vinyl. A como he interpretado esta historia durante el transcurso de los años, el vinyl que vino a poner ése misterioso reprodujo la música que sería el génesis de la leyenda: “When The Levee Breaks”. Cuando supe de esa canción, la escuché. Hasta a mí me dieron ganas de aprender a tocarla. Y en cuanto escuchó esa canción, especialmente el inicio de la misma y añadiéndole su idea de aprender a tocar música, supo que allí estaba lo que buscaba; esa canción le reveló su llamado. Completamente enamorado del sonido que producía el instrumento deseado, él decidió hacer todo lo posible, todo en su poder el cual no era mucho, para obtener su gran deseo musical. Empezó por ir con muchísima frecuencia a la tienda; hablaba mucho con un señor sobre el instrumento, de la música, sus orígenes, los estilos, etcétera. También fue sugerido varios libros por ese señor de la tienda, los cuales abarcaban todo lo que quiso averiguar el morocho. En cuanto escribió los nombres de los textos, que  serían sagrados como la misma Biblia, su meta de tocarla estaba más cerca. La biblioteca que guardaba esos libros estaba al otro lado de la provincia, imposible ir a pie o en bicicleta. La única opción era la de tomar el tren, el cual paraba a dos manzanas de la biblioteca. Como en ese entonces era estudiante el joven bordaba de manera gratuita. Yendo a la biblioteca la primera vez, dilemas monetarios surgieron cuando supo que los libros costaban - y no poco - para usos fuera de las instalaciones; cada libro tenía su propia tarifa. Él necesitaban llevárselos porque llegaba a la biblioteca a las 6 de la tarde y el último tren de regreso a su provincia partía a las 6:30. No duraba nada, necesitaba dinero para irse a casa con los libros. Siempre han sido así las cosas para la gente como él; los que más necesitan son a los que más difícil se lo ponen. ¿merregañaría mamápor yegar tarde? creóqueno, yaquesta última calificasión quele enseñé anteayer fuédelas masaltas quetenido todoelaño. ciempre tiénenlas mejores kosas bienléjosde dondevivo, ciempre; pórmicasa noainada délacual diríalguien, — “Vamos, que está bueno allí.” déverdad quemejode. Baya, éstepasaje deoi cíqueno debíacerlo; noainadie abórdodel tren, ojalánovaya pasármealgo. Porfavor cuídame. tódoloque esacadémico, deáltacalidad, losospitales, losbuenos restaurantes estanbiénlejos. mimamá merregañará acomodélugar; paraquéaserme iluciones. apuéstoque losricos anglosajones quesón, médicos o dentistas, abogados, gentedé negocios síquelesade encantarque todoestetan serca. yanofalta múchopara llegar. Los días siguientes anduvo por las calles pidiendo empleos en cualquier cosa. Fue con el señor de la tienda de música pero le negó la solicitud laboral porque, y cito lo que me han contado:           — “Esta tienda tiene otro propósito, alejado del capitalismo. Te darás cuenta algún día a lo qué me refiero. Andá.” Su sueño musical increíblemente se alejaba; no podía más que bordar alguna que otra lágrima en soledad.

            Él venía de una familia cristiana y por ende su creencia en los seres omnipresentes era norma; por sus deseos que cada vez los veía más opacos, él rezó y anheló con toda su alma todos los días, los días que fuesen; por la mañana, en la tarde, y por la noche. Sus pedidos y sus rezos siempre hallaban cómo hacerse escuchar por el omnipresente. Estaba dispuesto a todo, no iba a dejar escapar esta intuición que le daría una voz de verdad que la gente no callaría. Durante cualquier sábado, un señor de gafas impenetrables se acercó al pobre morocho ofreciéndole un trabajo de limpiar sus violines. El desconocido le llegó a decir que él coleccionaba violines de todo tipos, pero temía que se estaban ensuciando; llenándose de polvo y tierra, y que tarde o temprano acabarán arruinados. Le ofreció que le pagaría cierta plata por la tarea de limpiarlos todos los días; mentalmente dándole gracias, aceptó el trabajo de limpia-violines. Esto hizo posible que ganase la plata necesaria para poder obtener los libros sugeridos por el señor de la tienda. Y cada fin de semana, como relojería, bordaba el tren que lo llevaba a - y lo traía de - la biblioteca con tres libros como mínimo. Los leyó todos, aprendió sobre el género, sus orígenes, quiénes fueron los mejores, cómo tocar el instrumento, los mecanismo técnicos…..todo. Y al fin, después de varios meses de limpia-violines, tuvo lo necesario para comprarle al señor de la tienda el instrumento tan deseado y por el cual trabajó. graciásporesto, sabíaque meíbasa escuchar cuándoterrecé iciempre súpequeme escucharías míspedidos. gracias.

            Con lo que no contaba el pobre morocho era lo difícil que sería diferenciar la teoría de la práctica. A pesar de leer y aprender todo sobre los blues y saber quiénes eran los mejores, esto no le daba la destreza de tocarla como en aquella primera vez que la escuchó en esos parlantes. Releyó los textos pero lo que necesitaba era la técnica que los libros no podían darle. Intentaba tocarla pero el sonido que él generaba era distorsionado y feo; parecía más como que el instrumento estaba en llanto. De la biblioteca hasta su casa, siempre practicaba en el tren pero nunca le salía como quería. La gente que bordaba el mismo tren que él hacía gestos de incomodidad, de esos cuando algo te incomoda pero no querés decir nada, sólo pensás que con tus caras incómodas le harás saber que estás pasándola mal. Pero el joven ya estaba suficientemente defraudado comoquiera. Un atardecer en el cual regresaba de dejar los libros que siempre leyó, venía de nueva cuenta tocando erróneamente su armónica. En cuanto llegó a la conclusión de que todos sus esfuerzos, sus horas limpiando los violines, y sus rezos habían sido en vano, un señor - creo que era el conductor del tren - se acercó al pobre morocho derrotado. Era un hombre alto, blanco como el colonizador de siempre; pero a la vez, envuelto todo en negro como si una sombra cubriese su totalidad.

            — ¿Tocás?
            — Pensé que podría pero temo que no. 
            — Sé que traigo la gorra de conductor, pero yo sé alguna que otra cosa de la armónica.
            — ¿Sí?
            — ¿Me dejás?
            — Claro.

            La tocó como siempre imaginó el morocho que se debería tocar; ese estilo, esa tonada, ese ritmo. El conductor de negro la tocó por unos momentos que supieron eternos para él.

            — Algo así.

            Con una pequeña sonrisa la cual mostraba su versión zurda y ofreciendo una mirada pero tan clásica de él, le de devolvió la armónica al morocho más que estupefacto.

            — Tomá. Creo que ya está lista. Sólo intentá.

            El conductor duchado de negro se dio la vuelta y regresó a su puesto. Mientras le daba la espalda tras caminar, escuchó que el joven morocho empezó a tocar los blues como siempre quiso, como los había escuchado esa primera vez. Sólo siguió dando una pequeña sonrisa silenciosa. Después de esa noche llena de los blues deseados, el morocho nunca volvió a ser visto por alguien.
           
            Esto es lo que cuenta la leyenda, la gente, y el tiempo. Pero me gustaría ofrecerte que lo siniestro de esto es que el ser quien recibió esos anhelos, esos rezos, del pobre morocho, no fue Dios. Quizá el que sí escuchó esos pedidos fue alguien más; alguien quien estaba sólo a la espera. A como he contado y re-contado esta historia, mi creencia sigue siendo la misma desde que sé sobre el fántom, los blues que se escuchan y del morocho: Ese tren lleno de blues se fue derecho al infierno.

Jesus A. Amaya is a UTRGV Graduate Student working on a Masters in Latin American Literature. He enjoys creative writing in Spanish, especially in short story fiction. His inspirations are Latin American writers of the 20 Century, as wells as films and music.
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